Realidades en rojo

En un estudio publicado recientemente por el Centro Reina Sofía, “Cómo informar sobre infancia y violencia”, (www.centroreinasofia.es) se realiza un análisis exhaustivo y pormenorizado del papel que juegan los medios de comunicación en este tema. Lamentablemente, no resulta sorprendente como tal, puesto que asistimos diariamente en informativos, documentales, reportajes y demás formatos a este “espectáculo mediático” que los unos y los otros hemos construído alrededor de ello. Me pregunto, una vez más, si estamos convirtiendo la información de una realidad tan dura, como es la violencia infantil, en un circo del que todos deberíamos sentirnos responsables por sus efectos y lo peor, por sus consecuencias. En ello, como en casi todo en la vida, depende de la perspectiva con la que se analice.
 Siempre he sido partidario del acceso a la información como un derecho. Obviaré por tanto mi opinión sobre quienes creen que es preferible vivir en y desde la ignorancia para evitar plantearse una realidad a menudo ajena a nuestras vidas cotidianas. Pero creo sinceramente que para lograr ese resultado, deberíamos ya desconectar nuestros aparatos y retirarnos a una isla desierta. Esto ya resulta imparable. El bombardeo diario, casi inmediato, de la realidad de la que formamos parte resulta un ejercicio más que habitual, al que nos hemos acostumbrado casi con la misma celeridad de nuestros ritmos diarios. Sin embargo, asistimos también a un proceso que modifica nuestras emociones ante el impacto de noticias que, si antes nos sobrecogían por su dureza, ahora las vivimos desde, me atrevería a decir, un extremo morboso más que incomprensiblemente racional. Ya no nos conformamos con sentir en nuestra piel el dolor de unos padres ante la desaparición de su hija; ahora, rebuscamos en las entrañas las sospechas porque sean ellos los que hayan provocado tal situación. Entre las cientos de imágenes cruentas, buscamos aquellas que atisben marcas o pruebas, detalles aparentemente insignificantes que nos ayuden a prorrogar los capítulos más escabrosos de la historia. Ante testimonios desgarradores de padres que lloran la pérdida de sus hijos, buscamos los rasgos que delaten sus tragedias, atendiendo especialmente a esa voz en off que anuncia entre puntos suspensivos que habrá más que contar y que, sin perder la posible y pronta exclusiva, será la misma cadena de televisión en cuestión, la que nos proporcionará nuevas pistas del caso. Los informativos de toda la vida se han convertido en un contínuo magazine de noticias escabrosas, a modo de portada, que relegan a un segundo plano de apenas treinta segundos, el resto de acontecimientos importantes. Lo que se cuece ahora, lo que se lleva, son los asesinatos con restos de sangre en las escaleras de los rellanos, los cuerpos deformados sobre sábanas en el suelo, los escenarios de fatales desenlaces y cuantas pruebas delaten ese último e inevitable suspiro global con el que valoramos la crónica… “el mundo está loco”.
 La verdad es que me cuesta comprenderlo. No hace mucho asistí atónito a un programa de televisión en el que se recreaban con todo lujo de detalles las últimas horas vividas por una adolescente violada y asesinada por su secuestrador. No salía de mi asombro ante la reproducción casi fiel de esas imágenes, reforzadas por el relato exhaustivo de cuantos detalles acompañaban el caso. No sólo sentí repugnancia por el hecho en sí sino por quienes, perdiendo el respeto hacia cuantos seguramente todavía están llorando la pérdida de la joven, se regodeaban en recrear tales escenas. No era una película, sino una invitación a participar impotente e impasiblemente, al espectáculo de un hecho tan cruel como insensiblemente narrado. Para mi sorpresa, los siguientes relatos del programa seguían en la misma línea, cebándose en imágenes tan escabrosas como el asesinato de un niño de corta edad en manos de los reiterados hachazos de su progenitor.
 En esto todos somos responsables, todos víctimas y verdugos de la misma moneda. Los unos por ofrecerlo; los otros, por aceptarlo. Si como dicen los medios de comunicación, su misión es la de informar, informan. Si los espectadores es la de ser audiencia, erigiéndose en jueces de las parrillas televisivas, cuantos más seamos, más se mantiene la fecha de caducidad de lo que vemos. En definitiva, los unos por los otros, todos contribuímos a tener lo que vemos y lo que somos.
 Y para que prevalezca mi sorpresa, me acabo de enterar que en horario de máxima audiencia, una popularísima presentadora de televisión va a entrevistar esta misma noche al no menos popularísimo Julián Muñoz quien ha aceptado someterse ante las cámaras por la módica cantidad de 60.000 euros. No me cuadra nada con las últimas y preocupantes cifras de la temida crisis global. Como mañana lea que ha logrado situarse entre los programas más vistos de nuestra insigne televisión, me preguntaré sin ánimo alguno de encontrar una respuesta… ¿ya estamos locos o simplemente lo aparentamos?

Ignacio Petit Pérez

1 Response to “Realidades en rojo”


  1. 1 coroz

    Sobre la aportación de Ignacio, suscribir toda y cada una de las ideas que expresa.
    Yo he prohibido que se vea en mi casa el telediario con mi hija de 8 años delante. Empezó a tener pesadillas y a dormir mail hasta que descubrí el porqué.Y lo peor es que nos estamos acostumbrando de tal manera que efectivamente hay que escarbar en la tragedia y en el dolor para ganar notoriedad.
    Un cordial saludo
    Carmen Oroz

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