Tras 38 años de correo electrónico, apenas un 14% de la población mundial tiene acceso a esta tecnología; más de 2.000 millones de personas no disponen de electricidad; más del 90% de la población no ha navegado nunca por Internet; cuatro de cada cinco personas no han utilizado nunca un teléfono y sólo en Manhattan hay más líneas telefónicas que en toda Africa Subsahariana. El 34% de los usuarios de móviles vive en los países del G8. Otras fuentes han llamado la atención ante el hecho de que más del 90 por ciento de los servidores de Internet están en los países desarrollados y que Nueva York tiene más servidores que África, Tokio más teléfonos que todo el continente africano y Finlandia más servidores de Internet que América Latina. Y así podríamos seguir dando estadísticas a cual más alarmante. Estas cifras manifiestan, sin duda, una importante y abierta fractura que cada día amenaza con hacerse más grande.
España ocupa el número 20 en la lista de 30 países que recoge la estadística de OCDE de presencia de Internet. Sólo México, Turquía, Eslovaquia, República Checa, Polonia, Grecia, Hungría, Portugal, Italia e Irlanda están en peor situación. Las naciones que cuentan con un mayor número de accesos de calidad a la Red en relación con su población están encabezadas por Dinamarca, Holanda, Noruega, Suiza e Islandia. En nuestro país, la brecha digital no sólo no se mitiga, sino que crece, según datos del informe eEspaña 2006, de la Fundación France Télécom. El internauta tipo tiene un perfil cada vez más marcado: hombre, de 15 a 34 años, residente en una capital de provincia, con estudios y un trabajo. Esta clase de navegante se conecta cada vez más, mientras que mayores, amas de casa, parados y residentes de zonas rurales lo hacen en mucha menos proporción. Además, hay 4,5 millones de españoles, residentes en 2.534 municipios, que no tienen posibilidad de acceder a Internet de banda ancha. Uno de cada dos internautas reside en capitales de provincia. Por otra parte, alrededor de 18 millones de españoles nunca han utilizado Internet, de los que más de diez millones son mujeres, según datos sobre alfabetización digital facilitados por Microsoft. Por nivel socioeconómico, el segmento medio-bajo y bajo son los principales excluidos de la sociedad del conocimiento, ya que representan el 17,6% y el 1,6% de los usuarios, respectivamente. En un mercado laboral altamente competitivo, en el que también se valoran los conocimientos y la formación tecnológica, este desequilibrio reduce sus posibilidades laborales, ya que muchas de las ofertas y la información se ofrecen a través de la red.
Hemos topado con la brecha digital entre millones de personas excluídas de esta vertiginosa e imparable Sociedad de la Información, todo un universo generador de nuevas formas de exclusión y marginación, una distancia entre quienes tienen acceso al uso efectivo de las herramientas de la información y la comunicación y los que ya no pueden por ser mayores, discapacitados, analfabetos y/o analfabetos tecnológicos y personas con limitaciones económicas o en situación marginal, todo un sistema excluyente que las nuevas tecnologías van conformando como una trama cultural y material que ya forma parte de nuestras vidas cotidianas. Todo queda delimitado a un solo criterio: quien sabe manejar y desenvolverse en las autopistas y entramados tecnológicos, más posibilidades tiene de desarrollo social, evitando la diferencia –y la distancia- con aquel que no lo tiene y queda parapetado tras la categoría de “diferente social”, porque hay quien afirma, incluso, que el término “analfabeto tecnológico” está en desuso.
Así, esta nueva clase de “diferentes” no lo es porque sea excluyente la tecnología, sino por los usos sociales de la misma. Cuantas personas no saben poner un DVD, bajar música de Internet, utilizar apenas un teléfono móvil, enviar emails o jugar a la Play. Entre tanta revolución tecnológica, marcada por su trepidante ritmo, los rezagados conforman un nuevo colectivo con incapacidad para utilizar las nuevas herramientas que le sirvan para mejorar su capacidad de trabajo, sus ingresos y en general, su calidad de vida.
La revolución tecnológica no es inédita en la historia de la Humanidad. Ya hace cientos de años, nuestro mundo experimentó ciclos de procesos ricos en cambios y expansión cultural pero a diferencia del analfabetismo clásico, éste de nuestros días ha irrumpido en la sociedad sin discriminar a ricos de pobres, a blancos de negros, a hombres de mujeres. En este contexto, la base requiere de habilidades nuevas para su dominio como una herramienta de conocimiento, información o calidad de vida de nuestro día a día. En realidad, lo que subyace en el fondo no es la novedad, sino la traslación a la sociedad digital de la más antigua de las desigualdades sociales: la del acceso a la educación, todo un punto de inflexión que separará a los que sepan usar la red de los que no sepan usarla, siendo el acceso a la cultura y a la educación las claves para superarla.
Pero nuevas brechas digitales van apareciendo a medida que las tecnologías de la información y la comunicación se incorporan a la vida social. Ya no se habla únicamente de tener acceso o no, sino de las diferencias que aparecen entre quienes ya tienen conexión. No todos los que la disponen poseen las posibilidades de desarrollar sus capacidades y habilidades para el teletrabajo, por ejemplo. Y una vez más, no por la tecnología misma, sino porque las condiciones requeridas para integrarse en esta nueva fuerza laboral, como un alto manejo tecnológico, capacidad de interacción multicultural, condiciones de inestabilidad, aptitud para trabajar de manera aislada o asumir mayores responsabilidades vinculadas al teletrabajo, entre otras, son costosas y difíciles de adquirir y por consiguiente, ni siquiera podrán ser asumidas por la mayoría de la “población conectada”.
La división digital (digital divide) constituye, por tanto, un problema social importante que acompaña al proceso de difusión de internet. Rogers (2001) define la división digital como «La brecha que existe entre individuos que sacan provecho de Internet y aquellos otros que están en desventaja relativa respecto a Internet» y lo relaciona con la hipótesis de la brecha del conocimiento (knowledge divide), es decir: «A medida que aumenta la difusión de los medios de comunicación de masas en el sistema social, ciertos segmentos de la población, con un nivel socioeconómico más elevado tienden a apropiarse de la información a una velocidad más rápida que los del nivel más bajo, y de esta manera la brecha entre estos segmentos tiende a aumentar en lugar de a reducirse» (Tichenor, Donohue y Olien, 1970, citado en Rogers).
En definitiva, se puede concluir que la brecha digital es real y qué sólo empeorará ante la ignorancia o la falta de interés por solucionarla. Sería sumamente arriesgado intentar predecir qué sucederá en el futuro respecto a las dimensiones a las que llegará esta situación. Tan sólo confiar, no sin cierto escepticismo, en las iniciativas de políticas gubernamentales sólidas y privadas de carácter globalizador. Este conjunto de acciones, por el momento, constituye un pilar básico para tratar de evitar que las nuevas herramientas de la información aumenten las divisiones sociales basadas en los status socioeconómicos y geográficos. Si bien puede representar una esperanza el hecho de que día a día un mayor número de personas tenga acceso a internet y a las nuevas tecnologías, también se considera que la brecha tecnológica seguirá el mismo camino que la del desarrollo y se ampliará cada vez más si no ocurren cambios sociales y políticos profundos en los países y sociedades menos favorecidas.