En el último número de Noviembre de la revista Redes&Telecom, aparecen dos artículos de carácter divulgativo sobre las penetración en la sociedad de las Redes de Comunicación Sensibles.
Si bien el nombre puede dar lugar a confusión, tras ese concepto se encuentra la materialización de algo que ya tuvimos ocasión de ver en muchas películas de ciencia ficción, en los nanorobots investigadores de Minority Report, o en los protagonistas de videojuegos de la variante shooter: o sea, redes de sensores inalámbricos, de bajas prestaciones y que se comunican entre ellos.
Estos sensores (simples dispositivos que convierten estímulos físicos en información analógica o digital) son desde cierto punto de vista nodos de comunicación que pueden intercambiar información entre ellos en una reducida red WPAN (redes inalámbricas personales) de forma bidireccional, traspasarla vía IP a otras redes; tener capacidad de decisiones autónomas, o actuar vinculados a un nodo “maestro” o concentrador, que se comunica con redes de mayor extensión vía Wi-Fi o UMTS con nodos con inteligencia superior, por supuesto, artifical.
Gracias a su reducido tamaño, a su creciente interoperabilidad, y a los bajos requerimientos de sus sistemas operativos, ya se pueden montar con costes muy asumibles redes de cientos o miles de terminales sensibles, que amplifican hasta extremos impensables la capacidad de control y de conocimiento del ser humano sobre su entorno. Es el denominado “polvo inteligente” o “smart dust”.
Esto, que en su origen allá por la década de los ochenta partió del entorno militar (seguimiento de constantes vitales de soldados desplegados en el campo de batalla), va ocupando cada vez más ámbitos del mundo civil. La Fundación 12CAT (centro de investigación vinculado a la UPC y a la Generalitat) ha participado en la aplicación de estas redes en el entorno agrícola (gestión inteligente de riegos, por tratamiento de datos referentes a la humendad de suelo, irradiación, pendiente, etc…), y en el entorno urbano (cuidado de jardines, recogida eficiente de basuras, gestión de eventos en redes de transporte). Parece claro que, ante el aluvión de datos proporcionados por estas redes, sólo una inteligencia delegada en forma de algoritmos podrá ser capaz de sacarles el mejor partido.
No hay duda de que las redes de comunicación sensibles, el polvo inteligente, van a facilitar la atención eficiente y personalizada de personas con alto grado de dependencia, de reutilizar datos para múltiples aplicaciones gracias a la recombinación de sus nodos (en el mix de producción -renovables, fósil, nuclear- del sector eléctrico en cada momento, por ejemplo), y de que fuera de los límites del ser humano se van a ir produciendo de manera automatizada cada vez más cosas ajenas a su control directo, aunque nosotros hayamos sido creadores de ellas.



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